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Modernismo

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Situada en un terreno con cierto desnivel, topografía que gustaba a Martinell para aprovechar mejor el espacio, la de Falset se construyó en 1919.

En este edifico, que evoca a las formas de un castillo, encontramos una de las características que definen la arquitectura modernista y que continúan utilizando los discípulos de Gaudí y Domènech i Montaner: la recuperación y la libre interpretación de las formas arquitectónicas medievales catalanas.

La bodega está formada por dos edificios perpendiculares, respondiendo a la división de espacios de trabajo: el muelle de descarga y la sala de máquinas en el más pequeño, y la sala de tinas y lagares en el más grande.

Pero la novedad en Falset es la ausencia del arco parabólicos. La cubierta de teja de dos vertientes se sustenta gracias a las clásicas armaduras de cubierta de madera que, al mismo tiempo, descansan sobre pilares de ladrillo unidos con arcos formeros. En el cuerpo central de la bodega de Falset podemos observar 9 ventanas verticales muy estilizadas y coronadas por un gran arco de descarga. De las tres puertas de entrada a la bodega, la principal forma un arco de medio punto adovelado al estilo medieval.

A ambos lados se levantan dos torres de planta cuadrada, con grandes aperturas verticales y esquinas acabadas con ladrillo visto, que contrasta con el blanco del resto del muro y crea un bello equilibrio de líneas y colores. El último elemento a destacar es el depósito del agua. Funcional y artístico, el de la bodega de Falset es circular y está sostenido por dos arcos parabólicos cruzados y con cuatro pilastras que lo ciñen, todo hecho con ladrillo visto.
La de l’Espluga de Francolí fue la primera bodega cooperativa encargada a un arquitecto de prestigio. Pere Domènech i Roura, hijo de Lluís Domènech i Montaner, inició la construcción de las “bodegas de autor” o “bodegas de ricos” con la proyección y la dirección de las obras. En la bodega de l’Espluga también trabajó, posteriormente, Cèsar Martinell. La primera bodega cooperativa modernista de Cataluña y del Estado se levantó en 1913; actualmente, este espacio pionero del cooperativismo más artístico e innovador acoge las instalaciones del Museo del Vino.

La disposición de la bodega es parecida a la de otros edificios contemporáneos: tres naves rectangulares y paralelas, tejados individualizados de dos vertientes y otra nave colocada perpendicularmente a las otras. En la estructura de la bodega encontramos toda la genialidad modernista. Pere Domènech diseñó un sistema de pilares en cruz que se convertían en arcos ojivales  con la función de arcos torales y formeros de una nave (soluciones aplicadas ya en la arquitectura medieval). Las naves, de 44 por 12 metros, albergaban un total de 40 tinas de hormigón armado de 340 hectolitros cada una, además de algunos lagares subterráneos. La nave perpendicular era un poco más pequeña (13 por 8 metros) y alojaba el muelle de entrada y la sala de máquinas (con prensas de última generación). Anexa a esta nave, la bodega también disponía de un laboratorio para tener un mejor control de todo el proceso productivo.

La fachada es igual para las tres naves principales. Los historiadores nos hablan de elementos que recuerdan la arquitectura catalana más genuina: arcos ojivales con pequeñas ventanas, pilares de ladrillo dispuestos verticalmente, coronaciones triangulares y galerías de arcos ciegos que nos recuerdan al románico lombardo. Los materiales utilizados en la fachada son la piedra labrada, el revoco y el ladrillo visto. Otro elemento “estético" es el depósito del agua. Situado al lado de la nave de descarga, se trata de una torre circular de ladrillo coronada por un tejado cónico decorado con el clásico trencadís  modernista (mosaico realizado con fragmentos cerámicos unidos con argamasa).

La bodega de l’Espluga de Francolí disponía, en 1915, de 1.311 metros cuadrados y 160 socios. Cèsar Martinell hizo una ampliación en 1929 añadiendo otra nave. En 1990 se reformó y restauró y, finalmente, en 1998 se inauguró el Museo del Vino.
En el sur de Barberà de la Conca encontramos la bodega del Sindicato Agrícola de Barberà de la Conca, conocida como “bodega de Dalt” o “Sindicato de los ricos”. Se construyó entre los años 1920 y 1921 y entre sus artífices se encuentran el arquitecto Cèsar Martinell, el enólogo Isidre Campllonch y el ingeniero ecólogo Imbert. Profesionales que ponían todo su talento al servicio de la burguesía agraria reformista.
 
La construcción fue una de las más modernas de su tiempo, gracias sobre todo a las innovaciones técnicas introducidas por Martinell. Son innovaciones que afectan tanto a la arquitectura como a la tecnología necesaria para la elaboración de vino y que Martinell aplicó a casi todas las bodegas que diseñó: levantar la estructura de las naves sobre arcos parabólicos de ladrillo, situar las ventanas en la parte baja de las naves, hacer los lagares subterráneos cilíndricos y separados por cámaras aislantes y, por último, la composición y textura de las fachadas.
 
El edificio tiene dos naves rectangulares paralelas, pero, a diferencia de otras bodegas, sus dimensiones son desiguales. La grande estaba destinada a la estiba mientras que la pequeña se dividía en muelle de descarga, sala de máquinas y casa del conserje.
 
El cuerpo principal, de 43 por 21 metros, está dividido en tres naves y presenta la típica planta basilical utilizada en las iglesias cristianas. Las naves están separadas por pilares con planta de cruz que, en la parte superior se bifurcan dando lugar a arcos equilibrados o catenarios (muy utilizados por Antoni Gaudí). Encima de los arcos hay unas paredes donde descansan las armaduras de cubierta que sostienen el tejado de doble vertiente; en las paredes hay grandes ventanas de ladrillo visto –igual que las puertas- que iluminan esta gran nave central.
 
Pero lo que más destaca del exterior es la elegante torre de l’aigua, construida posteriormente. Tiene dos cuerpos, uno de planta cuadrada y otro octogonal y finaliza con una coronación cónica. Algunos autores han asimilado esta estructura con los campanarios barrocos. Una referencia más de las “catedrales del vino” en los templos cristianos de nuestra tierra.

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En el número 115 de la Rambla de Barcelona encontramos un imponente edificio modernista obra de Josep Domènech i Estapà. Alberga la sede de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona (RACAB), inaugurada en 1764 gracias al impulso de varios prohombres de la ciudad. Actualmente, con más de dos siglos y medio de vida, la institución sigue trabajando para la divulgación de los conocimientos científicos y tecnológicos en la ciudad.

Las dos torres del edificio, asociadas a las medidas astronómicas y finalizadas en 1893, enmarcan un reloj que, durante décadas, determinó la hora oficial de Barcelona. Las esculturas que flanquean representan el genio científico -con un compás- y el artístico. Son dos figuras obra de Rafael Atché y Farré, también autor de la estatua de Colón al final de la Rambla.

En el interior del edificio destaca la Sala de los Relojes, con una espectacular colección de mecanismos como el reloj astronómico de Albert Billeter, ganador de la Medalla de Oro en la Exposición Universal de 1888. En la misma planta, la Sala de Instrumentos alberga una singular exposición de aparatos y artefactos de los siglos XVIII al XX; aquí se conserva la cámara daguerreotípica con la que se hizo la primera fotografía en España. Fue en 1839 en los Porchos  de Xifré (Pla de Palau), ¡con un tiempo de exposición de más de 20 minutos!

En la Sala de Actos destacan las pinturas murales de Félix Mestres. El archivo y la biblioteca contienen un fondo documental de gran valor histórico: con más de cien mil volúmenes, es una de las colecciones más importantes de España.
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Ideado por el artista e ingeniero Miquel Utrillo entre 1910 y 1918, el Palacio de Maricel se convirtió, desde su misma inauguración, en un clásico del estilo Novecentista. Actualmente, el complejo mantiene intacto su gran valor artístico y arquitectónico y se ha convertido en uno de los edificios más emblemáticos de Sitges.

Este conjunto monumental, inspirado en la belleza del arte popular antiguo y moderno, fue un encargo del magnate, coleccionista y filántropo norteamericano Charles Deering (1852-1927), que quería un edificio residencial donde disponer de su magnífica colección de arte hispánico. Con la reforma del antiguo Hospital de San Juan y la posterior anexión de varias casas de pescadores de la calle Fonollar, Utrillo construyó un conjunto excepcional que mereció los elogios de los artistas e intelectuales del momento. Para Joaquim Folch i Torres, el Palacio de Maricel era "el fruto del momento culminante de la civilización catalana moderna".

De líneas austeras y respetando el color blanco característico del barrio, el exterior del Palacio presenta varias terrazas decoradas con cerámica popular y sobresale la torre de San Miguel. La coronan una serie de almenas y en la fachada se aprecia una escultura gótica del santo procedente del puente de Balaguer. A lo largo de todo el edificio se encuentra el característico escudo del sol naciente en rojo sobre el azul del mar, símbolo del Palacio ideado por el mismo Utrillo.

En el interior, el Salón de Oro, el Salón Azul, la Sala Capilla, la Sala Barcos y el claustro -desde donde hay una espléndida panorámica del Mediterráneo- estructuran el Palacio. De la decoración destacan los elementos escultóricos de Pere Jou y los murales del recibidor de Josep M. Sert, inspirados en la Gran Guerra europea. El conjunto se completa con varios elementos artísticos que combinan estética y funcionalidad, obra de numerosos artesanos locales.

Las desavenencias entre Deering y Utrillo significaron el fin del proyecto inicial del Palacio de Maricel. Sin embargo, con la reciente recuperación de la unidad arquitectónica y conceptual y la reordenación museográfica a cargo del Museo de Maricel, este conjunto extraordinario ha recuperado su vocación como espacio dedicado a las artes, el patrimonio y la cultura.
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Jacint Verdaguer, autor de la Atlántida y Canigó y uno de los grandes artífices de la recuperación del catalán como lengua literaria, vivió parte de su infancia en la actual Casa-Museo Verdaguer de Folgueroles. Inaugurado en 1967, se trata de uno de los museos literarios más antiguos de Cataluña.

La casa es del siglo XVII y se estructura en planta baja (originalmente destinada a las labores agrícolas), primer piso, buhardilla y salida detrás. Está ubicada en el número 7 de la calle Mayor de Folgueroles, junto a Cal Doctor (núm. 9). Cuando vivió el joven Verdaguer las dos casas formaban un solo edificio.

El proyecto se remonta a los inicios del siglo XX, cuando surge la idea de crear un museo a la memoria de Verdaguer en Folgueroles. La colección -creada por la Asociación Amigos de Verdaguer con el asesoramiento de Eduard Junyent y Josep M. Garrut (conservadores del MEV y del MHCB, respectivamente) - recoge un fondo de tres tipologías: la biográfica, con elementos que pertenecieron al poeta; la etnográfica, con múltiples objetos de vida cotidiana (en el primer piso se conservan los espacios domésticos de una casa de mediados del siglo XIX) y la artística, con piezas de artistas como Duran Camps, Pahissa y Perejaume. En la biblioteca, se custodian unos 800 registros entre libros, hemeroteca, material gráfico, sonoro y audiovisual.
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Joan Maragall es una de las figuras capitales de la poesía modernista, aunque también cultivó la prosa. Escribió más de 450 textos, entre artículos, ensayos, discursos, semblanzas biográficas y prólogos. Todo su legado documental se encuentra en el Archivo Joan Maragall, un centro de documentación ubicado en su última residencia, en el barrio de Sant Gervasi de Barcelona. Actualmente este edificio está habilitado también como casa-museo, para acercar la parte más íntima de uno de los grandes nombres de la Renaixença.

El Archivo Joan Maragall reúne un importante fondo documental sobre la figura y la obra del poeta y el conjunto del Modernismo. Se constituyó en 1911, después de la muerte de Maragall, por iniciativa de su viuda. En 1993, el centro se adscribió a la Biblioteca de Cataluña.

Los estudiosos de la obra de Maragall encontrarán una completa colección de obra manuscrita, entre la que se cuenta un extenso epistolario. El archivo también custodia la biblioteca personal del poeta con un millar de ejemplares y dispone de todas las ediciones de sus obras. Al fondo documental propio se le suma la biblioteca crítica sobre la obra del escritor, partituras originales sobre sus poemas, la colección iconográfica y unos 10.000 recortes de prensa.

Aunque el edificio sufrió modificaciones tras la reforma de 1957, se conservan varios objetos del poeta y de su familia. El visitante puede recorrer el recibidor, el salón noble, el comedor, el despacho y dos dormitorios, donde encontrará el mobiliario original, así como fotografías y obras de arte de artistas modernistas como Rusiñol o Casas.
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La Barcelona bohemia de finales del siglo XIX al XX tuvo como rendezvous la cervecería Els Quatre Gats. Situada en los bajos de la Casa Martí, edificio modernista de Josep Puig i Cadafalch, desde 1897 vio desfilar los principales intelectuales del Modernismo.

El propietario del negocio era Pere Romeu, que había trabajado como camarero en el cabaret Le Chat Noir de París. Decidió abrir en Barcelona un negocio similar con comida barata de taberna y música de piano, que rápidamente fue adoptado como lugar de encuentro de artistas. Se celebraban veladas literarias, espectáculos de títeres y de sombras, veladas musicales, lecturas poéticas y sobre todo exposiciones de arte. Santiago Rusiñol, Ramón Casas, Miquel Utrillo, Ricard Opisso, Antoni Gaudí, Enrique Granados, Isaac Albéniz o Lluís Millet eran algunos de sus clientes asiduos. Incluso un jovencísimo Pablo Picasso realizó su primera exposición.

Durante los seis años que estuvo abierto, el local se llenó de cuadros y carteles que realizaban los mismos clientes. El más emblemático es el de Ramon Casas y Pere Romeu en un tándem, que pintó el mismo Casas. En 1901 se sustituyó por otra tela con los mismos personajes en un automóvil. Las dos obras se pueden ver en el MNAC.

Actualmente vuelve a funcionar como bar y restaurante, y conserva la decoración de la época, incluida una reproducción de las dos obras de Casas.
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Pasear por los jardines Artigas de la Pobla de Lillet te transporta inevitablemente el Park Güell de Barcelona. Y es que son obra de la misma mente: Antoni Gaudí.

En 1905, el arquitecto modernista, que se alojó unos días en casa del industrial textil Joan Artigas y Alart, le quiso agradecer la hospitalidad proyectando un jardín naturalista para un terreno que tenía al lado de la fábrica, a orillas del río Llobregat (la denominada Fuente de la Magnesia). Así es como trasladó -a pequeña escala- las bases del Park Güell, donde estaba trabajando en ese momento. En este caso, sin embargo, no es un jardín urbano. Por lo tanto, prescinde de los grandes espacios abiertos y de la cerámica colorista del quebradizo. Todo está realizado principalmente con piedra rocosa y mortero, aprovechando la vegetación de la zona. Es como si el parque se hubiera abierto paso entre la naturaleza.

A lo largo del recorrido el visitante se encontrará una cascada; una cueva artificial con arcos catenarios donde brota la Fuente de la Magnesia; fuentes; dos puentes de piedra; una plaza y, en el punto más alto, la Glorieta, que ejerce de mirador.

El universo gaudiniano está presente en el mínimo detalle del conjunto. Jardineras, barandillas, bancos... Todo imita las formas de una naturaleza caprichosa. Tampoco faltan las referencias cristianas: y es que las esculturas del águila, el león y el buey repartidas por el conjunto, sumadas a un ángel actualmente desaparecido, forman los símbolos de los cuatro evangelistas y estarían dispuestas en forma de cruz sobre el plano del jardín.
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Mientras que la Casa Batlló muestra la imaginación desbordante de Gaudí y la Casa Amatller es una genial reinterpretación del gótico de Puig i Cadafalch, el tercer elemento de la Manzana de la Discordia de Barcelona, ​​la Casa Lleó i Morera, representa la elegancia de los detalles. En ella trabajaron una cuarentena de los mejores artesanos de la época, siguiendo las órdenes de Lluis Domènech i Montaner.

En 1902, Francesca Morera encargó al arquitecto modernista reformar la finca que había heredado en el Eixample. Cuando la dueña murió, continuó las obras su hijo Albert Lleó i Morera, que es quien da nombre al edificio. De hecho, se repiten en la decoración de todo el conjunto imágenes que hacen  alusión a los apellidos familiares.

Domènech i Montaner añadió un piso y un templete en lo alto. Esta torre, alineada con la terraza del piso principal, simula una simetría inexistente en el edificio. Destaca en toda la fachada la rica decoración, sobre todo las figuras femeninas de Eusebi Arnau. En los balcones del primer piso cuatro damas que llevan en las manos instrumentos alegóricos de la modernidad -fotografía, electricidad, fonógrafo y teléfono- son el ejemplo más significativo.

Una vez dentro del edificio, tanto el vestíbulo como el recibidor del piso principal están pensados ​​para impresionar al visitante. En este último, los arcos y pasos de puerta tienen esculpidos espectaculares relieves. Uno de ellos es el relato de la nana La nodriza del niño rey, un homenaje al hijo de los propietarios que murió de bebé.

Los dos grandes salones concentran buena parte del trabajo artesanal del equipo de Domènech i Montaner. Destacan las vidrieras: ocho paneles de mosaico y relieves de porcelana que describen escenas campestres con personajes de la familia. Los muebles y barandillas que había en estas salas se conservan en el MNAC.

La Casa Lleó i Morera, como otras fincas burguesas, era una "casa de renta" (la familia propietaria vivía en el piso principal y el resto eran viviendas de alquiler). Aún así, se quiso que todos los pisos mantuvieran el mismo rigor constructivo y calidad estética.