El clima mediterráneo -largo verano seco, invierno suaves y lluvias en primavera y otoño- sólo se encuentra en un 5% de la superficie de la Tierra, comprendido en cinco regiones. Éstas están presentes en el Jardín Botánico de Barcelona, inaugurado en 1999 y situado en la montaña de Montjuïc. En 14 hectáreas de suave desnivel ordenan colecciones botánicas de Australia, Chile, California, Sudáfrica y la cuenca mediterránea, incluidas las Islas Canarias.
El espacio está diseñado por los arquitectos Carles Ferrater y Josep Lluís Canosa, la arquitecta paisajista Bet Figueras, el biólogo Joan Pedrola y el horticultor Artur Bossy. Dentro de lo que parece un gran anfiteatro natural, las plantaciones siguen una ordenación geográfica, además de agruparse por afinidades ecológicas. Aprovecha el relieve del terreno para crear las áreas y los caminos, evitando excesivos movimientos de tierras.
Entre sus objetivos destaca la conservación, documentación y difusión del patrimonio natural de Cataluña. Por eso el jardín acoge también el edificio del Instituto Botánico de Barcelona, que dispone de una importante biblioteca y uno de los herbarios más grandes de Cataluña.
Este jardín botánico convive en Montjuïc con el Jardín Botánico Histórico, inaugurado en 1941 en la zona de la Foixarda. Su situación facilitaba el desarrollo de especies de carácter eurosiberiano. En 1986 tuvo que cerrar porque se vio afectado por la construcción de los equipamientos olímpicos, aunque reabrió en 2003.
Ubicado en el corazón de La Rambla, el mercado de San José, conocido como La Boqueria, es uno de los espacios más populares del casco antiguo de Barcelona. Y es que recibe cada día más visitas que la
Sagrada Familia. El edificio actual data de 1836, pero su función comercial se remonta al siglo XII.
En la explanada del Pla de la Boqueria se instalaba un
mercadillo al aire libre, donde se reunían agricultores y comerciantes de las poblaciones vecinas para vender sus productos. Se hacía fuera de las murallas de la ciudad, frente al Portal de la Boqueria, para ahorrarse el impuesto de entrada de mercancías.
El espacio donde hoy está el mercado corresponde al antiguo convento de San José, fundado por los carmelitas descalzos en 1586. Destruido en 1835, en su solar se proyectó la construcción de una
plaza monumental, la que habría sido la más grande de Europa, de la que se conserva el pórtico neoclásico. Se decidió trasladar el mercado de manera temporal a su interior, pero finalmente fue el emplazamiento definitivo. Se fue ampliando con solares de alrededor, incluido el espacio del convento de San Juan de Jerusalén, del siglo XIV, que se había demolido.
En 1914, respondiendo a las demandas de vendedores y compradores, se cerró el mercado con
una cubierta de metal y vidrio, siguiendo los criterios de la arquitectura del hierro. Aún así, la Boqueria no es como los otros mercados públicos cubiertos de Barcelona como el
Born (1876) o el mercado de San Antonio (1882), construidos
ex novo para este fin. Domina una
arquitectura híbrida que cuenta la historia particular de lo que fue el primer mercado que existió en Barcelona.
El 7 de noviembre de 1809, las tropas napoleónicas entraron en Hostalric con el objetivo de tomar la ciudad ya que se encontraba en el único paso natural entre Girona y Barcelona. Una vez arrasado el pueblo, el castillo se convirtió en su principal objetivo. Después de cinco meses de asedio, las murallas derruidas y el suministro de agua cortado, el 13 de mayo de 1810 los franceses consiguieron ocupar la fortaleza.
Este episodio de la Guerra de la Independencia española ha marcado la fisonomía actual del castillo de Hostalric. Esta fortaleza fue construida en 1716 por parte del general de ingenieros de Felipe V, Próspero de Verboom, autor también de la
Ciudadela de Barcelona y de la fortificación de la
Seu Vella de Lleida. Se proyectó teniendo en cuenta los
nuevos modelos de fortaleza del ingeniero militar Vauban. Contaba con tres baluartes, torres de defensa, un foso y dos revellines.
La estructura que perdura en nuestros días está formada por la entrada subterránea, el portal de los carros, el cuerpo de guardia, el baluarte de Santa Tecla, la segunda puerta, el polvorín principal, el baluarte del diente de sierra, el portal principal, la plaza de las armas, la torre del reloj y el camino de la villa.
Casi nada queda de la
construcción originaria de época medieval, que fue derribada por el duque de Noailles el 1695. Sólo el camino fortificado que va de la ciudad al castillo es de origen bajomedieval. Los dos muros paralelos en el camino estaban protegidos por dos torres circulares de las que sólo se conserva un pequeño tramo.
Entre los municipios de Xerta y Tivenys, en uno de los parajes más espectaculares del curso bajo del Ebro, encontramos una importante obra de ingeniería hidráulica que transformó la actividad económica de la zona y ha dejado un testimonio monumental de patrimonio industrial. Se trata de una presa con un azud (muro de contención que desvía el agua) de unos 310 metros de largo construida en diagonal de lado a lado del río.
Parece que el origen de una esclusa en este punto se podría remontar a la época islámica y que se habría restaurado en el siglo XII, tras la conquista de Tortosa. Aún así, no se terminó hasta el 1411, bajo la dirección de Mussa Alamí. Fue en el siglo XIX cuando se acondicionó el azud para conducir el agua hacia los canales de la derecha y de la izquierda del Ebro que, aún hoy, sirven para regar el Delta y las huertas interiores del valle. A pesar de estas obras, una esclusa permite el paso de las embarcaciones que navegan por el Ebro.
Además de la presa con el azud, el conjunto patrimonial consta de unas construcciones anexas: los espigones, la antigua fábrica de harina -de la que sólo quedan en pie las fachadas-, y el molino. Este conserva una lápida esculpida con la fecha de su construcción, 1575, y se mantienen elementos (el canal de captación, el de salida y las ruedas dentadas) que pertenecen a esta cronología. Ha sido reformado muchas veces hasta que a finales del siglo XIX se usó como central eléctrica. Sin embargo, se considera uno de los pocos edificios industriales de la época del Renacimiento de Cataluña.
En la baja edad media, una de las familias baroniales más importantes de las tierras gerundenses estableció en una de las colinas de la sierra de Finestres, dentro del actual Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa. Poco a poco la población se fue concentrando en ese punto que acabaría convirtiéndose en el municipio de Santa Pau. Actualmente la ciudad aún conserva la esencia lo que fue un centro de poder económico y comercial.
La fisonomía del casco antiguo, concebido principalmente en la primera mitad del siglo XIV, es típicamente medieval, rodeado por murallas y con calles estrechas e irregulares. El centro neurálgico es la plaza Mayor o Firal dels Bous, una plaza porticada triangular donde se celebraban los mercados y ferias. Y es que desde el 1297 el núcleo urbano tenía el privilegio de espacio protegido para la celebración de mercados. Enfrente se encuentra el castillo, que se levanta en el punto más alto del pueblo. Se empezó a construir hacia el siglo XIII, aunque posteriormente se le dio la actual apariencia de gran casa.
La plaza está presidida por la iglesia gótica de Santa María. Es la actual parroquia, después de que la iglesia románica de Santa María de los Arcos, en las afueras, quedara muy dañada por los terremotos de 1427 y 1428.
El resto del núcleo medieval se estructura alrededor de la calle del Puente y la calle Mayor. Es desde el Portal del Mar desde donde se tiene una de las mejores vistas de los valles de los alrededores y en un día claro incluso se puede ver el golfo de Roses.
Poco ha cambiado en la morfología urbana de Peratallada desde la época medieval. Y es que no sólo no se ha expandido fuera de las murallas, sino que ha sabido conservar sus orígenes arquitectónicos y urbanísticos como se aprecia al pasear por sus calles estrechas y tortuosas. No en vano es uno de los núcleos más importantes de Cataluña en cuanto a arquitectura medieval.
El núcleo fortificado se concentra sobre una enorme roca natural arenosa, cortada artificialmente para darle verticalidad (de ahí el topónimo "piedra tallada"). En lo alto se encuentra el castillo (del siglo XI, pero con indicios de que podría haber una estructura anterior), con su torre del homenaje y el palacio.
Alrededor del castillo se desplegaba una muralla que formaba un primer recinto cerrado, que estaba rodeado por dos murallas más. De este sistema defensivo actualmente se conservan algunos lienzos de muros, valles excavados en la roca, algunas torres como la Torre de las Horas y el Portal de la Virgen. La población, por tanto, quedaba dividida en tres sectores entre las murallas, lo que acentúa la trama urbanística de pasos y callejones.
Unos 200 metros al norte, extramuros, se encuentra la iglesia parroquial de San Esteban, obra de finales del románico.
El topónimo Pals (derivado del latín palus, "terreno pantanoso") describe perfectamente el marco geográfico de marismas y humedales que había en este tramo de costa. Por eso no es casual que el origen de la villa sea en lo alto de un monte, sobre la llanura. Actualmente el núcleo antiguo de Pals, conocido como el barrio del Pedró, permite hacer un recorrido por el pasado medieval del pueblo.
Por encima de los tejados del casco antiguo destaca la Torre de las Horas, el único testimonio que queda del antiguo castillo de Pals. Se trata de su torre maestra, de planta circular y estilo románico, construida sobre un podio de roca natural. Su nombre proviene de un pequeño campanario gótico de tres pilastras que se le añadió en el siglo XV.
La iglesia de San Pedro es un edificio de una nave de estilo gótico, con algunas incorporaciones más tardías como la portada barroca. Ésta sustituye una anterior construcción románica (del siglo XII) de la que se conservan restos en la fachada occidental, incorporadas al actual frontis. Para construir la nave muy probablemente se aprovechó piedra procedente del castillo, que estaba en ruinas.
Las murallas de Pals son unas de las mejor conservadas del Empordà. Su trazado se mantiene prácticamente íntegro, y sólo alguno tramos han sido transformados o derribados, especialmente en el lado de levante y de mediodía, que es por donde se ha extendido la villa. El interior del casco viejo es un conjunto de calles estrechas y empinadas, que se articulan alrededor de la calle Mayor, que tiene tramos cubiertos. Lo que da unidad al conjunto es el color amarillento de las paredes proveniente de la piedra arenisca con que están construidas.
Desde su ubicación privilegiada en un monte de la Serra Grossa y el margen izquierdo del río Sénia, el castillo de Ulldecona es el ejemplo claro de castillo de frontera. Durante la ocupación árabe, del siglo VIII al XI, era una fortificación andalusí. Con la conquista de las tierras al sur del Ebro por los cristianos pasó a la familia Montcada de Tortosa en 1148, que lo cedió a la orden militar del Hospital de San Juan de Jerusalén, y se transformó en un castillo cristiano. A su alrededor se fue agrupando la población, que se protegía así de los ataques musulmanes.
Actualmente el conjunto fortificado consta de tres edificaciones -dos torres y la antigua iglesia-, y restos de otras derribadas, rodeado todo de una muralla perimetral. Una de las estructuras más emblemáticas es la torre circular, del siglo XII, que servía de atalaya. Y es que desde la terraza superior, que conserva las almenas y aspilleras, se tiene una vista privilegiada de la zona. Se complementa con la torre del homenaje del siglo XIII, cuadrada, que alojaba las estancias señoriales.
La iglesia es el edificio más moderno del recinto, ya que data del siglo XVI. Podría haber sustituido una primitiva capilla situada dentro de la torre principal del castillo.
Aunque las estructuras más visibles se corresponden a la fortificación militar cristiana, se conservan todavía los vestigios del primer castillo árabe como los restos de la muralla, culminada por dos torres de control. En el recinto también se han encontrado muros de habitáculos medievales e incluso los restos de un antiguo asentamiento ibérico.
Rafael d'Amat i de Cortada (1746 - 1819), barón de Maldà, es una de las figuras más significativas de la cultura catalana del siglo XVIII y el máximo representante de la prosa memorialística y autobiográfica de la época. Y es que escribió durante 50 años un dietario en el que describía minuciosamente todo lo que sucedía a su alrededor, el Cajón de sastre, que se ha convertido en un testimonio histórico de primer nivel.
El barón de Maldà pertenecía a la pequeña nobleza barcelonesa y, como tal, era un hombre conservador y profundamente religioso, además de declaradamente antifrancés. No era un gran aficionado a la lectura ni nunca hizo gala de una gran formación cultural. Aún así, tenía vocación de cronista. Desde el 10 de julio de 1796 hasta pocos días antes de morir, llenó más de setenta volúmenes de temas diversos, desde hechos personales y de la vida cotidiana hasta eventos sociales, políticos y culturales.
Utilizaba un lenguaje popular y coloquial, incluso poco cuidadoso. Es significativo que estuviera redactado en catalán, ya que en el siglo XVIII el castellano era la lengua de prestigio. La razón es que el Cajón de sastre nunca fue publicado en la época, sino que su finalidad era leerla en tertulias con círculos de amigos y conocidos.
Este dietario extenso es una aproximación sin precedentes a un periodismo incipiente y permite conocer de primera mano cómo se vivía en la Cataluña y especialmente en la Barcelona del siglo XVIII. Asimismo, se ha considerado el Cajón de sastre una de las muestras más importantes del rococó catalán. Aparte del dietario, se han conservado otros manuscritos del varón, como La explicación de la ciudad de Barcelona o Sucesos de Barcelona desde el año 1750 hasta el de 1769.
El Castillo Monasterio de Escornalbou de Riudecanyes es una peculiar mansión señorial de principios del siglo XX. Está formado por los restos de dos edificios medievales: el monasterio de Sant Miquel, fundado en 1153, y un castillo, construido encima de los restos de una fortaleza romana. Su propietario, el diplomático, egiptólogo y filántropo Eduard Toda, siguió la moda de la época de convertir edificios históricos en residencias burguesas.
El conjunto conformó durante más de seis siglos la Baronía de Escornalbou. Tras la Desamortización de Mendizábal (1835) quedó prácticamente en ruinas, hasta que fue adquirido por Toda en 1911. Lo reformó siguiendo una interpretación muy personal. Incluso decidió obviar las recomendaciones e indicaciones de Puig i Cadafalch. Así, se derribaron construcciones, se levantaron torres de un exótico estilo medieval y se reconvirtieron espacios para adaptarlos a las necesidades y gustos del propietario.
El resultado es aún visible hoy: del antiguo monasterio sólo se conserva la iglesia románica, algunos restos de la sala capitular y la estructura del claustro, que se convirtió en un mirador-jardín con vistas al Campo de Tarragona. Del castillo, convertido en casa señorial y escenario de encuentros de las principales figuras de la Renaixença catalana, destaca la biblioteca y la rica colección de grabados, cerámica, muebles y piezas de la colección que Toda había reunido en sus viajes.